Cuento · 6 min de lectura
En la línea de la vida
Marina no creía en nada de eso. Ni en el destino, ni en los astros, ni en las líneas de la mano que prometían aventuras, salud o amores imposibles. Creía, en cambio, en la razón, en la terapia y en el efecto placebo de una buena copa de vino. Y, aun así, ahí estaba: en medio de Times Square, bajo el reflejo de luces brillantes y turistas por doquier, subiendo una escalera estrecha y maloliente, de empinados escalones alfombrados, hacia un cuartucho en la tercera planta, donde el tiempo parecía haberse detenido en 1997. Había un reloj de pared que marcaba las 3:24, detenido quizás desde hacía años.
Tenía un pensamiento solo; la cena de ruptura con Edward un par de meses atrás, a solo unas cuadras de aquí. Decidieron reunirse en el restaurante donde, veintitantos años antes, ella le dijo que no sabía si algún día podría quererle tanto como él la quería a ella. Esa noche recordaron aquella conversación, esta vez con resignación y tristeza. Se miraron como se mira a un espejo empañado: con la conciencia de que, detrás del reflejo, algo se está borrando. Hablaron de sus primeros años, de los viajes, del restaurante. Ninguno dijo mañana.
De vuelta en Nueva York por trabajo, atravesando la zona más turística de la ciudad, pasó por tercera vez frente al letrero —una mano abierta rodeada de signos zodiacales, descolorido por el sol y cubierto de polvo—. Le pareció una invitación absurda, y por eso mismo irresistible. No era creyente, pero esa noche estaba vulnerable. Había algo casi infantil en la idea de que alguien pudiera decirle, con certeza, lo que ella misma no se atrevía a responder. ¿Y si jugaba? ¿Y si, solo por hoy, fingía que el azar tenía sentido?
—Solo diez dólares, darling —le dijo una voz gruesa y sonriente tras el interfón del Palm & Tarot Readings. Marina sonrió con ironía. ¿Qué puedo perder por diez dólares?, pensó, mientras se inventaba un nombre falso. Beatriz.
La mujer que la recibió era pelirroja, de baja estatura, rostro afilado y pestañas cargadas de rímel. Su acento era denso, de Europa del Este, tal vez húngara o rumana. Iba envuelta en una túnica color violeta y olía a perfume intenso. Le pidió la mano derecha sin preámbulos y la sostuvo con solemnidad exagerada.
—Mmm… mucha cabeza. Tú piensas demasiado. Siempre pensando, sí. Pero no siempre escuchando la voz adentro —sentenció, como quien pronuncia una fórmula secreta.
Fase 1. Generalización positiva , pensó Marina. Recordó un libro sobre los trucos de las lecturas de mano que había hojeado años atrás en un aeropuerto, mientras esperaba un vuelo retrasado quién sabe dónde. Primero, una generalización positiva. Inteligente, mental, intensa. Funciona con el 97% de los humanos con ansiedad urbana.
—Tu línea de cabeza es larga. Muy larga. Eso significa que eres analítica, exigente contigo misma… sí. Muy perfeccionista.
Marina asintió, fingiendo la credulidad de una clienta convencida.
—Y también… preocupada. Tú… sufres en silencio, ¿sí?
Fase dos. Validación emocional. Buscar contacto afectivo. Que la clienta diga “sí, soy así”, y entonces se abre la puerta a todo.
—¿Hace dos años? Hubo algo que cambió todo, sí. Algo con pareja. Con el amor. Mmm… veo desilusión. Frustración.
Marina apretó la mandíbula. Fase tres. Trauma. Usualmente sentimental. Nadie se salva de uno. Y el tiempo genérico ayuda: "hace dos años" es suficientemente vago como para aplicar a casi todo.
—Y tú… tú tienes hija, ¿sí? O alguien como hija.
Marina dudó, pero asintió.
—Muy difícil. Adolescente retadora. Energía fuerte. Pero tú eres la que lleva el peso. Siempre has llevado el peso.
Fase cuatro. Sacrificio. Toda mujer sobre las cincuenta carga con algo: hijos, padres, trabajo, todo. Basta sembrar una imagen maternal y dejar que florezca sola.
—Hay alguien en tu vida que no sabe amarte. No por falta de amor, sino por miedo. ¿Sí?
Marina tragó saliva. Esta declaración era peligrosa. No porque creyera en su verdad, sino porque la frase —tan bien construida— tenía esa capacidad de hacer eco, aunque no se creyera en nada.
Marina marcaba mentalmente cada etapa, como quien descifra un truco de magia ya aprendido. Y, aun así, una parte de ella escuchaba con más atención de la que hubiera querido.
En ese instante, sonó el timbre y la vidente alzó una mano como médium en trance.
—Un momento, querida. My food.
Se levantó y salió con pasos ruidosos a abrirle la puerta al repartidor de Uber Eats. Regresó con una bolsa grasosa de Halal Guys, soltó un “thank you” chirriante y colocó la comida sobre una repisa junto a un cráneo de plástico iluminado por dentro. Luego volvió a su silla como si nada.
—Continuamos, Beatriz —dijo—. Tus chakras… están desalineados. Especialmente garganta, sacro… y el del tercer ojo. Tú sabes qué significa eso, ¿verdad?
Fase cinco. Giro espiritual. Chakras, energías, guías. A estas alturas, la mayoría de las personas ya ha entregado algo de sí. Marina se decía que no. Ella tenía el mapa completo del espectáculo. Se sabía en la cuerda floja entre el juego y el autoengaño.
Pero entonces, la mujer bajó la voz.
—Tú tienes un alma gemela. No que viene. Que está. Muy cerca. Desde hace tiempo. Pero no lo has visto.
Marina dejó de pensar por un segundo. Un silencio eléctrico se apoderó del cuarto.
—No lo has visto —repitió la pelirroja, mirándola por fin a los ojos—. Porque lo ves como amigo, como sombra, como paisaje. Pero él… él ya sabe que eres tú. Solo está esperando que tú también lo veas.
Marina sintió que algo se abría dentro de su pecho. Una frase le cruzó por la cabeza, sin que supiera de dónde venía: “Te vas a encontrar con un hombre alto, moreno, misterioso…”.
Una frase le cruzó por la cabeza, sin que supiera de dónde venía: "Te vas a encontrar con un hombre alto, moreno, misterioso…". Enseguida pensó en la película de Woody Allen. Recordó cuánto se había reído de aquellos personajes, tan dispuestos a creer en cualquier predicción. Y, sin embargo, en ese cuarto sobrecalentado, con olor a falafel y cera derretida, sintió que esa profecía absurda podía, tal vez, ser una forma más amable de volver a empezar.
La vidente cerró con solemnidad:
—Eso es todo lo que debía decirte hoy —murmuró, recogiendo la mano como si la devolviera a su dueña—. Lo demás, querida Beatriz, ya lo sabes tú.
Marina se levantó, dejó un billete arrugado sobre la mesa y salió con una mezcla de alivio y desasosiego.
Al salir, Times Square seguía brillando con su bullicio artificial. Caminó sin rumbo fijo, entre turistas y anuncios de musicales, repitiendo mentalmente cada palabra.
No creía en nada de eso. Pero esa noche, antes de dormir, abrió el mensaje de un amigo que llevaba semanas sin contestar: «Ando por Nueva York. ¿Un café mañana?». Ese mañana ya había pasado. Marina miró la fecha y volvió a leer el mensaje. Después escribió: «¿Sigues por aquí?».
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