AS Todos los cuentos

La impostora incidental

Por Alejandra Solano10 de febrero

Caminar en sus cómodos Converse, después de tres días de reuniones de trabajo en Nueva York, era un paraíso. Salió del edificio en la 34th Street West y sintió el sol acariciarle el rostro al cruzar la puerta. Estaban ya a mediados de noviembre, pero el otoño le regalaba a la ciudad días inusualmente cálidos, el llamado verano indio, perfectos para pasear con apenas un saco encima. Alegre por lo afortunado del clima, Alejandra decidió caminar las veinte cuadras que la separaban de su hotel en midtown.

Parecía increíble que habían pasado ya más de 25 años desde que había vivido en la Gran Manzana, inmediatamente después de terminar la maestría en Londres. A Alejandra le ilusionaba volver a recorrer sus calles, repasar sus pisadas de años atrás, donde se devoró cada rincón con sus olores, sabores y colores… Quería contrastar sus pensamientos y emociones de entonces, darle luz a sus añoranzas.

En su andar sin plan, caminando por la Quinta Avenida, al detenerse en el semáforo de la calle 53, recordó que estaba a una cuadra del Museo de Arte Moderno (MoMA), y obedeciendo a su impulso, decidió desviar su camino para visitarlo. En sus días avecindada en la ciudad, lo visitaba con frecuencia, sin perderse ninguna exposición. Como quien visita a un viejo amigo, entró con familiaridad y, entre turistas y grupos de estudiantes, subió sus estrechas escaleras eléctricas directamente al quinto piso. Más que los conocidos cuadros de Van Gogh y Picasso que ilustraban todos los souvenirs de la tienda, Alejandra se dirigió a sus obras favoritas de Andy Warhol y Cindy Sherman. Los conocía tan bien como los del Tate Modern de Londres, durante sus días de estudio allá… Revivir esa convivencia con el arte la hizo sentirse liviana, jovial, vital.

Cuando se encontraba tranquilamente observando un cuadro menos conocido de las galerías del fondo, un hombre a su lado la saludó con entusiasmo:

—¡Abril! Qué gusto verte después de tantos años. Después de terminar la maestría, te desapareciste del radar completamente.

A Alejandra le tomó unos segundos entender que era a ella a quien hablaban. Abril. Fue su amiga más cercana en los años de la maestría, y en esos días era frecuente que las confundieran. Ambas altas, de facciones latinas, siempre juntas. Aunque la separaba un cuarto de siglo de esos días, todavía le pinchaba el estómago ser confundida con ella.

La atractiva y elegante Abril, con su aire de misterio y ojos almendrados, su largo cabello oscuro, su risa que flotaba siempre un poco más alto. Y ella… la confiable Alejandra, la cercana, la que ayudaba con los resúmenes, la amiga que estaba “siempre ahí”. Invisible.

Un recuerdo vino a ella con fuerza, como un disparo de luz en la penumbra de la galería.

La última vez que alguien la confundió con Abril fue una noche de primavera en Londres, poco antes de graduarse. Estaban en una fiesta en casa de unos compañeros griegos, en un piso amplio en Notting Hill. Había música latina, risas altas, humo de cigarrillos y una mezcla de idiomas que flotaba en el aire como un perfume denso.

Alejandra llevaba un vestido verde oliva, sencillo, de tela ligera. Abril, uno color vino, con un escote discreto, pero que sabía llevar con elegancia innata. Estaban juntas en la cocina, sirviéndose sangría de un bol de vidrio enorme, cuando Bruce entró, algo bebido.

—Abril, te ves increíble —dijo él, abrazando por detrás a Alejandra.

Ella se giró con una sonrisa tensa.

—No soy Abril —respondió, suave.

Bruce soltó una risa incómoda. —Bah, son iguales… —murmuró.

Abril apareció en ese momento, con su andar seguro y la sonrisa siempre lista. Se acomodó entre ellos y le pasó la copa a Bruce, como si nada hubiera pasado. Como si la escena no le perteneciera a Alejandra en absoluto.

Esa noche, Alejandra se encerró unos minutos en el baño. Se miró en el espejo con el rostro iluminado por la tenue luz ámbar. Pensó: ¿Quién soy si siempre me confunden con otra? Fue esa noche cuando empezó a buscar becas para irse a Nueva York.

Escuchar el nombre de Abril nuevamente la zarandeó por dentro. Ion la estaba mirando a ella, no había duda. La veía a ella.

Lo miró con más detenimiento: la mandíbula firme, el cabello apenas canoso, la mirada azul inquisitiva. Seguía igual de guapo, aunque su expresión tenía ahora un matiz distinto, menos seguro, como si también buscara en ella rastros de alguien que quedó en el pasado.

Por un instante, estuvo a punto de aclararle su error. Pero luego, una idea la golpeó con una mezcla de nerviosismo y emoción. La seguridad y nostalgia de la caminata de esa tarde la volvieron liviana. Decidió jugar a ser Abril.

Se acomodó el pelo detrás de la oreja, como siempre hacía cuando se ponía nerviosa, y le sonrió. —Ion, claro… ¡Qué gusto verte!

—Los años no pasan por ti, Abril —dijo él con una sonrisa—. Te juro que pensé en ti muchas veces después de Londres. ¿Qué fue de ti?

Alejandra tragó saliva. Intentó recordar los detalles de la vida de Abril. La última vez que supo de ella, trabajaba en banca en Londres. ¿O en Ginebra? No lo recordaba bien.

—Me quedé en Europa —respondió con voz serena, como si aquella mentira no la estuviera haciendo tambalearse por dentro—. Trabajo en Goldman Sachs desde hace años.

Ion asintió con entusiasmo. —Lo sabía. Siempre fuiste de las mejores en Finanzas Corporativas. Eras brillante.

Alejandra sintió un pequeño vacío en el estómago. Apenas aprobó ese curso y, sin embargo, ahí estaba, asintiendo como si hubiera sido la mejor de la clase.

—Bueno, sí… siempre me gustó esa clase —respondió con una risa ligera, intentando esquivar el peso de la mentira.

Ion la miró con más atención. Sus ojos se estrecharon apenas, como si algo no terminara de encajar, pero luego sonrió de nuevo y le hizo un gesto para que se sentaran en una de las bancas de la galería.

Alejandra suspiró. Ahora no podía retroceder.

Al sentarse a su lado, recordó cómo le gustó siempre. Era mucho más callado que Bruce, que siempre estaba llenando las conversaciones de los cuatro cuando salían. Alejandra y Ion eran la tercera y cuarta rueda de Abril y Bruce, que nunca acababan de emparejar. Nunca se sintió verdaderamente mirada, y con Ion apenas cruzaba gestos, miradas, tímidos intercambios.

Ion la observó con atención, inclinándose apenas hacia ella en la banca. Su expresión pasó de la emoción del reencuentro a algo más pausado, casi melancólico. —Después de la maestría, te escribí una carta. Bueno… no a ti, a Alejandra. Nunca se la envié. Pensé que no le importaría.

Alejandra sintió el estómago encogerse. —¿Por qué?

Ion suspiró. —Porque siempre estabas tú… y estaba Bruce. Y no encontraba el momento para acercarme a ella. Pensaba que tendría más tiempo. Pero si hubiera sabido que Alejandra se iría tan lejos, tal vez lo habría intentado.

El aire se volvió más denso entre ellos. Alejandra se llevó un mechón de cabello detrás de la oreja, sin pensarlo. Un gesto automático, de esos que no se aprenden, sino que se son.

Ion sonrió levemente. —Sabes… siempre me gustó cómo Alejandra hacía eso. Cuando estaba nerviosa o concentrada.

Alejandra sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Lo hacía?

Ion la miró fijamente, con una ternura que le erizó la piel. —Sí. Igual que tú.

Alejandra sintió que el mundo a su alrededor se hacía pequeño, como si solo existieran ellos dos en la inmensidad del museo. Bajó la mirada, sintiendo el peso de los años, de las suposiciones, de lo que pudo haber sido. Pero cuando volvió a alzarla, lo hizo con una sonrisa cómplice, temblorosa pero real.

Ion dejó escapar una risa breve, sin sorpresa ni reproche, solo con la calidez de quien finalmente entiende algo demasiado tarde. —Siempre fuiste tú —dijo, con voz baja, con certeza.

Alejandra sintió cómo se le deshacía un nudo en el pecho, cómo la nostalgia se convertía en otra cosa. Algo más ligero, más presente.

Se quedaron en silencio un momento, rodeados por el murmullo lejano de turistas y el parpadeo inmutable de las luces del museo.

Ion exhaló, como quien se libera de un peso viejo. —Bueno, Alejandra —continuó él, acomodándose en la banca—, ¿te gustaría un café? No como hace 25 años… Esta vez, solo tú y yo.

Alejandra sostuvo su mirada un segundo más. Y sonrió. —Me encantaría.

Fin