Crónica · 3 min de lectura
La vida nos trajo un ahogado
Llegamos un sábado de junio a una casa en las montañas, en una Cuernavaca que no conocía: boscosa, fresca, de caminos empedrados y rincones recoletos. Casa Refugio parecía haber crecido a capricho de la ladera, acomodándose entre pinos y cedros centenarios que se estiraban hacia el cielo.
Korina y Mariana nos recibieron con una mezcla de nervios y cariño. En el comedor, cada asiento estaba asignado con cuidado, como si alguien hubiera querido propiciar ciertos encuentros sin imponerlos. Sobre cada plato nos esperaba una página distinta de Gabriel García Márquez, cuya vida y obra nos convocaban ese fin de semana.
Y de pronto, en medio de las conversaciones torpes de un grupo que apenas comenzaba a conocerse, la muerte nos interrumpió.
La madre de Korina acababa de morir.
Tras el desconcierto inicial, algo en Korina encontró su centro. Recibió abrazos que parecían llegarle desde muy lejos y salió para acompañar a su madre en esa última despedida. Su Fernando fue con ella.
Aún bajo el cuidado atento de Mariana, que sostuvo con delicadeza cada detalle de nuestra estancia, sentíamos la ausencia de Korina. Faltaba la autora de aquella sinfonía literaria que había imaginado el encuentro; la compositora de unas notas que ya no escucharíamos como habían sido concebidas. La vida, sin embargo, rara vez sigue el programa previsto. Nos dejó solos en el escenario y nos convirtió en protagonistas de una historia distinta: encontrar juntos una forma de honrar el regalo que Kori había preparado para nosotros.
La tarde fue tomando forma poco a poco.
Mónica Alonso, asistente personal de Gabriel García Márquez durante sus últimos años, compartió con nosotros recuerdos íntimos de su convivencia con él. No habló del Nobel ni del mito literario. Nos habló del hombre. De su sencillez, de sus amistades, de la disciplina minuciosa con la que trabajaba, del afecto que profesaba a quienes lo rodeaban y del respeto que sentía por sus lectores. Escuchándola, Gabo descendió por un momento del pedestal de la literatura para sentarse con nosotros a la mesa, convertido nuevamente en un ser humano lleno de manías, afectos y fragilidades.
Después vino Nacho. Leyó cuentos, fragmentos, pasajes memorables. Los leyó con la cadencia de quien conoce el oficio de las palabras y también el placer de compartirlas. Entre esas lecturas apareció “El ahogado más hermoso del mundo”. Lo escuchamos, lo comentamos, lo tallereamos. Y mientras hablábamos de aquel pueblo transformado por la llegada inesperada de un extraño, comprendí que algo parecido estaba ocurriendo entre nosotros.
La vida nos había traído su propio ahogado. No en la forma de un cuerpo arrastrado por el mar, sino de una ausencia. La partida inesperada de Korina había reunido a personas sin historia común y las había obligado a encontrarse. Nos congregó el cariño por una amiga, el amor por las letras y el deseo compartido de cuidar aquello que ella había puesto en movimiento.
Entre pinos centenarios, lecturas en voz alta, silencios, comida compartida y conversaciones improbables, fuimos descubriendo que conocer al otro es también una forma de conocerse a uno mismo; que los libros son, a veces, apenas un pretexto para acercarnos; y que basta un acontecimiento inesperado para que un grupo de desconocidos empiece a reconocerse como comunidad.
Como los habitantes del cuento, terminamos imaginando juntos una historia más grande que nosotros mismos. Y quizás eso fue lo que Korina nos regaló sin proponérselo: la experiencia rara y preciosa de dejar de ser un grupo de extraños para convertirnos, aunque fuera por un fin de semana, en una pequeña comunidad de lectores suspendida entre las montañas.