Crónica · 3 min de lectura
Pan con mermelada
Y ese pan con mermelada…
Que si las magdalenas de la abuelita, que si el mate de mi niñez… Estas provocaciones de creatividad y evocación para esta novel escritora me llevan a recuerdos bastante inmemorables, en papel revolución, copia en mimeógrafo, región 4, de mi niñez. Una niña de suburbio, del barrio “Satélite” de esta gran ciudad, no tiene recuerdos de infancia que se puedan asociar a famosas avenidas, cines de mil butacas, tienditas con los dulces de moda, o imágenes de un avión de época reflejado en el charco (como lo hace magistralmente Cuarón en “Roma”).
No, mis recuerdos son de urbanización semimoderna, de casitas más o menos iguales… De poca convivencia con los vecinos… Mis días se pintan de ir y venir en la camioneta amarilla de Mamá, con niñas en uniforme, pasando a la papelería por la tarde a comprar una monografía para cumplir con las tareas de la primaria, de ir a una que otra clase vespertina para cumplir (no la agenda retacada que le tocó a mi hija de mil babosadas de estimulación temprana). Y el resto, de jugar con mis hermanas a las Barbies y de explorar en nuestro pequeño jardín buscando bichos y aventuras.
Los fines de semana se parecen tanto que parece una sola jornada vivida mil veces, como “Groundhog Day” de Bill Murray. Mañanas de sábado lentas… esperando que vuelva Papá del club, mientras disfruto películas de Pedro Infante en el Canal de las Estrellas (para espanto de mi mamá, que cree que eso es de criadas). Comidas en “La Parrilla Suiza” donde mi gran ilusión es que podré pedir ¡un refresco!, una Sangría casi siempre, decisión que ponderaba toda la semana. Tarde visitando a “los primos”, donde los adultos hablan de las novedades de la semana… Y los chicos nos aburrimos juntos, a veces jugando en el patio, haciendo representaciones de Anita la Huerfanita y probando los maquillajes de mi tía (Mamá apenas tiene un labial y rubor en casa).
Muchas veces nos quedábamos a dormir con Abuelita y la Tía, dando un respiro a mis papás. Ahí nos dejaban hacer un desastre universal, armando casitas de cobijas y batallas de almohadas. Mi Abuelita me prestaba su caja de costura y yo jugaba a ordenar los botones por tamaños y armar una congregación escolar completa, los de primero, los de segundo, los de tercero… Su orden, su estructura y el control total me hacían tan feliz.
Merendábamos enfrijoladas y le daba un sorbo escondido al café de Tía (“¡eso no es de niños!”), y dormía a pierna suelta casi siempre, cuando no me despertaban los mosquitos que eran el azote de esa casa. Al día siguiente, el desayuno en la pequeñita cocina de Tía, junto con mis hermanas todas greñudas, al igual que yo, con nuestras pijamitas de estampados infantiles. Salidas a la tienda, una y otra vez, para buscar lo mismo una congelada que unos chicharrones… Jugar con mis primos a probar los patines o la patineta, jugar al “avión” (el que se pinta con gis) y muchos otros que fuimos inventando nosotros… Y de repente, ya están nuestros Papás de vuelta y el fin de semana va alcanzando su final…
Esa niñez de pan con mermelada, de rutinas conocidas, de complicidad con mi tribu de primos, de besos melosos de la abuelita, del apapacho de la Tía… No hará una gran novela, pero construye los fundamentos de amor, confianza y posibilidad de la persona que soy hoy.
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