Todos los cuentos

Medicina para corazones rotos

Por Alejandra Solano

En el anuncio del parabus, Marina leyó: “El medicamento para el corazón partido. Remedio probado de la ciencia para sanar corazones rotos.” Debajo del texto, una mujer madura sonreía con una serenidad luminosa, con esas expresiones diseñadas para transmitir una calma perfecta. Marina sostuvo la mirada en la imagen unos segundos más de lo necesario.

Pensó que, en una época en la que casi todos los dolores habían empezado a desaparecer —primero los del cuerpo, después los del ánimo—, tal vez no era extraño que la ciencia prometiera algo así. Aun así, había algo inquietante en ese anuncio. Prometía curar el dolor, sí, pero no decía nada sobre lo que desaparecería con él. Marina pensó en el último mensaje que no había contestado.

El autobús llegó con un suspiro hidráulico y abrió sus puertas. Marina subió con ese movimiento casi automático de quienes repiten un trayecto conocido y se sentó junto a la ventana, en el asiento de siempre, el tercero después del chofer. Mientras el vehículo arrancaba y el anuncio quedaba atrás, pensó en lo mucho que había cambiado la relación de las personas con el dolor. Hacía años que había empezado a desaparecer de la vida cotidiana.

Primero habían sido los dolores del cuerpo: inyecciones para evitar los calambres de crecimiento en los adolescentes, parches hormonales capaces de suprimir el dolor menstrual durante meses, anestesias cada vez más precisas para atravesar el parto sin memoria del sufrimiento. Después habían llegado los tratamientos para el ánimo. Reguladores del duelo, inhibidores de nostalgia, pequeñas intervenciones neurológicas capaces de disminuir la intensidad de los recuerdos que más lastimaban. La ciudad se había ido llenando de anuncios que prometían alivio, equilibrio, serenidad. Con el tiempo, el dolor dejó de verse como una parte inevitable de la experiencia humana y empezó a parecer más bien una anomalía, algo que podía corregirse con el tratamiento adecuado.

Tal vez por eso la idea de un medicamento para el corazón partido no resultaba tan absurda.

Marina apoyó la frente contra el vidrio frío mientras el autobús avanzaba entre semáforos y avenidas iguales. El teléfono vibró en su bolsa. No lo sacó. Sentía en el pecho esa presión sorda que llevaba días acompañándola, una molestia persistente que no era punzante ni insoportable, pero que no se iba. Pensó que quizá el dolor no era el enemigo que todos parecían querer erradicar. Tal vez era, simplemente, la prueba de que algo había sido verdadero. Y de que todavía importaba.

Frente a ella, una mujer hablaba por teléfono en voz baja. Marina no podía escuchar la conversación completa; solo fragmentos que se le escapaban entre el ruido del motor y los frenones del autobús.

—No, no te preocupes… cuando puedas… sí, entiendo…

La mujer sonreía mientras hablaba, inclinando ligeramente la cabeza hacia el teléfono como si quisiera acercarse más a la voz que escuchaba al otro lado. Había en su postura una mezcla de paciencia y resignación que Marina reconoció de inmediato. Era ese gesto casi invisible de quienes se acostumbran a esperar, de quienes aprenden a acomodarse en los espacios que otros dejan libres. Marina apartó la mirada antes de reconocerlo del todo.

Durante meses había aprendido a descifrar ese lenguaje —y a aceptarlo—: los mensajes tardíos que llegaban cuando el día ya estaba terminando, las explicaciones suaves que parecían razonables en el momento, la sensación constante de estar siempre a medio camino entre algo que prometía crecer y algo que nunca terminaba de abrirse del todo.

El autobús se detuvo en otra parada y una pareja joven subió riendo. Se sentaron dos filas adelante. Mientras el vehículo volvía a ponerse en marcha, Marina observó cómo él apartaba con cuidado un mechón de cabello del rostro de ella y le mostraba algo en la pantalla de su teléfono. Ella se inclinó hacia su hombro para mirar mejor y ambos rieron de nuevo, como si compartieran un pequeño secreto. Era un gesto mínimo, casi insignificante.

Pero estaba lleno de algo que Marina supo nombrar al instante: presencia. Esa forma simple y abierta de estar con alguien sin reservas, sin la sensación de que el tiempo compartido es apenas un intervalo entre otras prioridades.

El dolor volvió a hacerse notar en su pecho, esa presión que parecía expandirse lentamente dentro de ella. No era un dolor elegante ni digno. Era torpe, persistente, profundamente humano. Como un músculo que se fortalece después de haber sido exigido más allá de su límite.

En el asiento de atrás, dos mujeres conversaban con la familiaridad despreocupada de quienes comparten un trayecto cotidiano. Una de ellas comentaba que su hermana había tomado uno de esos tratamientos después del divorcio y que decía que había sido lo mejor que pudo haber hecho, que ahora ya no recordaba cómo se había sentido. La otra asintió con naturalidad y añadió que ahora los tratamientos eran muy precisos, que podían eliminar la fijación emocional sin tocar el resto de los recuerdos. La frase quedó suspendida en su mente con una claridad incómoda. Intentó imaginar cómo sería despertar un día y descubrir que esa historia ya no estaba dentro de ella, que las conversaciones, las tardes compartidas, la sensación cálida de algunas horas y también las largas dudas que vinieron después hubieran sido borradas como se borra un archivo defectuoso.

Durante un momento la idea le pareció tentadora. Pensó en probarla. ¿Si pudiera por fin liberarse de los pensamientos que regresan sin aviso? No más preguntas inútiles, no más ese peso leve pero persistente en el pecho. Pero casi de inmediato apareció otra inquietud, más difícil de acallar. Si nada de eso hubiera pasado, ¿quedaría algo de ella?

El autobús dobló en una avenida más amplia y la luz de la tarde entró oblicua por las ventanas. El dolor seguía ahí. El autobús redujo la velocidad y se detuvo en su parada. Marina se levantó, caminó hacia la puerta y bajó a la acera mientras el vehículo volvía a cerrar sus puertas detrás de ella. Durante un instante permaneció ahí, inmóvil, mientras el autobús se alejaba con un rugido suave y la ciudad recuperaba su ruido habitual.

Marina volvió a sentir la presión dentro de sí. El dolor seguía ahí, incómodo, persistente, vivo. Pensó entonces que tal vez la ciencia había entendido mal el problema.

Un corazón roto no era un órgano enfermo. Era un órgano aprendiendo. En su caso, aprendiendo a no aceptar un amor a medias.

Respiró hondo. El aire frío de la tarde le llenó los pulmones y por un momento la sensación en su pecho pareció abrirse, como si ganara espacio. A unos metros, el anuncio del parabus seguía ahí. La mujer de la imagen sonreía con su serenidad perfecta, prometiendo una vida sin grietas, sin esa incomodidad que se instala en el pecho cuando algo termina.

Marina pensó que tal vez algunas grietas no estaban hechas para cerrarse. Porque eran precisamente las que dejaban entrar la vida.

Con una sonrisa serena, empezó a caminar.

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Fin