Cuento · 8 min de lectura
Volver y contar
Primer acto: La llamada
Beatriz despertó antes de que alguna de las otras pronunciara su nombre. Durante unos segundos permaneció inmóvil, con los ojos entreabiertos, asomándose a la claridad gris del dormitorio, tratando de reconocer aquello que sentía en el pecho.
Detrás de la barda pasó uno de los primeros camiones. La vibración del vidrio y el leve temblor de los barrotes eran la melodía que anunciaba el inicio del día. Hacía años que las jornadas se medían de otra manera: por la luz que subía despacio hasta las ventanas altas, por los ruidos del pasillo y por las cosas que tocaban a lo largo del día —comer, trabajar, leer, bañarse—. Esas tareas iban poniendo bordes al tiempo.
En la cuadrícula 24 A, lado oeste del penal de Neza Borda, la mañana fue descubriendo las cosas: brasieres descoloridos y playeras húmedas tendidas junto a los barrotes, sarapes deshilachados de colores sobre las camas, zapatos sin bolear, cremas Ponds casi vacías, revistas desfundadas y peluches viejos entre las literas. Del sábado de visita quedaban, en un rincón, una bolsa de chicharrones, rollos de papel higiénico y toallas femeninas guardadas celosamente debajo de las camas.
Beatriz miraba su amanecer de siempre, pero con una sensación que no reconocía del todo. No era miedo. No era alegría. Era algo más parecido a la curiosidad, mezclada con un peso que no sabía nombrar.
Las otras empezaron a despertarla entre bromas. —Ya, Beatriche. Hoy no puedes hacerte la dormida.
Llevaba meses preparando la obra: audiciones, ensayos, fechas de estreno que se posponían una y otra vez. Por fin, ese domingo se presentaría al público la pieza que habían construido con fragmentos de sus propias historias. Beatriz no estaría sola: otras compañeras del penal subirían también al escenario para contar las suyas. Y la función sería fuera del penal.
Doce años llevaba sin pisar la calle, y en todo ese tiempo se había imaginado muchas veces cómo sería salir: se veía cruzando una avenida sin que nadie la vigilara, decidiendo sola hacia dónde caminar, deteniéndose donde quisiera nada más porque sí. Se preguntaba qué se sentiría poder hacer, aunque fuera nada más por unas horas, esas cosas pequeñas que a los demás ni se les ocurría agradecer.
El dormitorio terminó de despertarse. Una doblaba cobijas. Otra trapeaba el piso. Otras bajaban la ropa que colgaba junto a los barrotes. Se escuchaba, bajito, el radio escondido en el rincón: un corrido tumbado. La rutina empezaba a reclamar a cada una.
Sus compañeras más queridas se acercaron a su cama, la rodearon y comenzaron a arreglarla casi sin preguntarle. Una apareció con un rímel pegosteoso, otra le acomodó el cabello, una más le aplicó un labial demasiado rojo. Beatriz se dejó consentir, porque, sin palabras para describirlo, sabía que todas ellas vivían casi en primera persona esta experiencia.
Cuando le acercaron un espejo pequeño y algo despostillado, apenas pudo verse por partes: un ojo, la boca, un pedazo de la frente. Pero le bastaba la mirada de amor y admiración que le devolvían los ojos de sus compañeras para sentirse segura.
La celadora apareció en la entrada y pronunció su nombre completo. Era tiempo de salir. Las compañeras le corrigieron por última vez el cuello de la blusa, el cabello, una mancha junto al ojo. Le recordaron que respirara, que disfrutara. Y, sobre todo, que volviera y contara.
Antes de cruzar la puerta, Beatriz miró las camas de colores, la ropa tendida junto a los barrotes, los peluches, las caras conocidas. Nunca había pensado que, llegado el momento, tendría que hacer un pequeño esfuerzo para irse.
Siguió a la celadora por el pasillo. Todavía no sabía qué iba a sentir cuando la última puerta se abriera.
Entreacto
Durante un rato, la ausencia de Beatriz ocupó el dormitorio. Alguna dijo que a ella le daría miedo salir después de tantos años, que hasta cruzar la calle sería distinto. Otra dijo que no, que lo primero que haría sería comer unos tacos al pastor. Otra, que tomaría el metro hasta la última estación y de regreso, bajándose donde se le diera la gana. Afuera nadie les diría qué seguía; adentro, la mayoría de las cosas ya venían resueltas antes de que empezara el día. Era extraño pasar años deseando una puerta y sentir miedo justo cuando por fin empezaba a abrirse.
Pero el pensamiento no duró. Había cosas que hacer: barrer debajo de las camas, lavar los platos de la mañana, guardar los últimos chicharrones, tender una toalla, repartir y acomodar lo que había quedado de la visita del sábado. El día siguió su forma de siempre —comer, trabajar, leer un rato, discutir por algo que a los pocos minutos ya no importaba—, partido en trozos lo bastante pequeños como para no tener que pensar en el tiempo completo.
Más tarde, cuando la luz había cambiado de lugar en las paredes, una de las mujeres miró hacia la entrada.
—Ya debe faltar poco.
Nadie preguntó poco para qué.
Todas sabían.
Y por primera vez desde la mañana, el dormitorio pareció quedarse esperando.
Segundo Acto. El regreso
Beatriz volvió cuando el día ya empezaba a recogerse. La primera en verla avisó a las demás y, en pocos minutos, varias se habían acercado a su cama. Todavía llevaba encima algo del maquillaje de la función y traía en la cara un cansancio distinto al de otros domingos.
Al principio las preguntas fueron sencillas: cómo había estado el camino, qué tan lejos quedaba el teatro, si había mucha gente. Querían saber cómo se veía la ciudad después de tantos años, aunque algunas la conocieran por la televisión o por lo que contaban las visitas. Beatriz intentó responder en orden, pero pronto entendió que no había orden posible.
Lo primero que recordó fueron las jacarandas. Marzo había llenado de flores algunos camellones, y desde la camioneta había visto pasar manchas moradas entre los coches, las banquetas y los edificios: pétalos acumulados sobre el pavimento, los autos estacionados, otros aplastados contra el borde de la calle. No recordaba la ciudad tan exuberante. Se preguntó si habrían sembrado más árboles durante sus años adentro, o si nomás había dejado de fijarse en la primavera.
Después les habló de los taxis rosas, de los ciclistas que se metían entre los coches, de las motocicletas de repartidores con cajas naranjas y verde fluorescente, de tanta gente caminando al mismo tiempo hacia sitios distintos, cada quien hacia el suyo.
Doris, la mayor del dormitorio, quiso saber si había visto perros. Beatriz sonrió antes de responder. Había visto uno junto a un niño, en una esquina. El animal estaba sentado pegado a su pierna, y mientras esperaban el cambio del semáforo, el niño le rascaba la cabeza sin mirar siquiera lo que hacía, como si la mano conociera sola el camino. A Beatriz le dio una punzada en el pecho que no esperaba: imaginar el peso tibio de un animal contra el cuerpo, una lengua húmeda sobre la mano. De todo lo que había visto en la calle, fue eso, un perro que ni siquiera era suyo, lo que más la conmovió.
Las demás siguieron preguntando por la ropa, por los zapatos, por cómo se maquillaban ahora las mujeres. Beatriz les contó, divertida, que ahora las mujeres usaban tenis con todo: vestidos, faldas, pantalones, sin importar la edad. También le habían llamado la atención los teléfonos: no porque fueran nuevos para ella, sino por lo mucho que parecían acompañarlo todo —la gente los miraba mientras esperaba, mientras caminaba, mientras hablaba con alguien más.
En algún momento alguien quiso saber lo verdaderamente importante.
—¿Y sí aplaudieron?
Beatriz se rio. Sí, habían aplaudido. Mucho, según ella, aunque allá arriba no supo medir cuánto. Antes de salir a escena había sentido miedo; después, las palabras encontraron solas su lugar. Hubo momentos en que el público se quedó tan quieto que alcanzó a sentir el silencio desde el escenario. Lo extraño había sido contar su historia con sus propias palabras y no escucharla reducida a las frases de un expediente. Por un momento, lo vivido dejó de parecerle algo que otros podían contar mejor que ella. No dijo mucho más, y las demás tampoco insistieron.
Después volvieron las preguntas sobre el afuera: si el aire se sentía distinto, si había tenido miedo, si en algún momento pensó en no volver. Beatriz respondió algunas cosas y dejó otras sin responder; al principio había mirado todo con una atención ansiosa, tratando de no perderse nada, y después, sin darse cuenta, había dejado de sentir que estaba afuera.
Aquello produjo un silencio breve, quizá porque todas entendieron lo más extraño de todo: habían esperado ese día durante meses y, una vez dentro de él, también había empezado a sentirse como un día cualquiera.
Poco a poco la conversación se fue disolviendo. Una fue por agua, otra recogió una prenda, alguien recordó algo pendiente antes de dormir. El regreso de Beatriz, que un rato antes había llenado el dormitorio entero, se mezcló con el resto de la noche.
Desde el pasillo llegó la voz de una celadora anunciando que apagarían las luces en cinco minutos. Las mujeres protestaron por costumbre y se apuraron a terminar lo pendiente. Beatriz se quitó los zapatos y se metió bajo el sarape.
Cuando se apagaron las luces se quedó un rato con los ojos abiertos. Por la mañana había imaginado que volver a salir sería una sensación conocida, algo que reconocería de inmediato en cuanto ocurriera. No fue así. Afuera había encontrado más de lo que esperaba —calles llenas, ruido, gente caminando de prisa— y, sin embargo, tendida ahí, lo que se le venía una y otra vez no era nada de eso. Era el perro de la esquina. Eran las jacarandas.
Del otro lado de la barda pasó un camión. Beatriz reconoció el sonido sin necesidad de adivinar la hora. Cerró los ojos. Antes de quedarse dormida, volvió a ver las jacarandas y al perro de la esquina. Le sorprendió que, después de doce años, fueran esas imágenes las que todavía supieran encontrarla.
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